Nuestra historia
Cómo un local de la calle Manuela Malasaña acabó
con un cielo de nubes y un neón que canta.
01 La calle
La calle Manuela Malasaña lleva el nombre de una bordadora de quince años que se convirtió en símbolo de la resistencia madrileña del 2 de mayo de 1808. Dos siglos después, su barrio sigue siendo el más indomable de Madrid: librerías que cierran tarde, vinilos, tabernas centenarias y neones nuevos conviviendo en la misma acera.
En el número 16 de esa calle está nuestra casa. No podíamos haber nacido en otro sitio.

02 El nombre
Santa Rosalía existe: es la patrona de Palermo. Pero nuestra Rosalía es otra — la que llenó de «tra tra» las pistas de medio mundo. El neón de la pared lo confiesa: ni tan malamente. Un bar con nombre de santa y alma de verbena, donde lo sagrado es juntarse y lo demás se perdona.
Por eso aquí un jueves puede sonar flamenco fundido con electrónica, y nadie levanta una ceja.

03 El espacio
Lo primero que hace todo el mundo al entrar es mirar hacia arriba. El techo es una nube continua que cambia de color con la noche: violeta cuando empieza la sesión, rosa cuando la pista se llena, ámbar cuando alguien pide la penúltima.
Debajo, una barra de madera recuperada, estanterías de hierro con la botellería iluminada, farolillos, cortinas de terciopelo y una pared de rosas que ya ha salido en miles de fotos.
04 La gente
Detrás de la barra están Jose y su equipo. Lo decimos con la boca pequeña porque lo dicen mejor las reseñas: «parecían parte de la fiesta», «no me puso pegas a nada», «la guinda del pastel».
La casa tiene una sola regla: que te vayas mejor de lo que llegaste. Lo demás — la música, la luz, la hora de cerrar — se negocia.

Manifiesto
Que la música la elija quien celebra.
Que las nubes estén dentro y el mal tiempo fuera.
Que un jueves pueda ser sábado.
Y que nadie cumpla años sin su fiesta.